Mensaje
del jefe Seattle al presidente Franklin Pierce. Estado de Washington,
1855.
El
estado de Washington, al Noroeste de Estados Unidos, fue la patria
de los Duwamish, un pueblo que -como todos los indios- se consideraba
una parte de la Naturaleza, la respetaba y la veneraba, y desde
generaciones vivía con ella en armonía.
En el año de 1855 el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos,
el demócrata Franklin Pierce, les propuso a los Duwamish (Suquamish)que
vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen
a una reserva.
Los indios no entendieron esto. Cómo se podía comprar y vender
la Tierra? A su parecer el hombre no puede poseer la Tierra, así
como tampoco puede ser dueño del Cielo, del frescor del aire,
del brillo del agua.
El Jefe Seattle, el Gran Jefe de los Duwamish, pronunció el siguiente
discurso ante Isaac Stephens, gobernador del Territorio de Washington.
Discurso cuya sabiduría, crítica y prudente esperanza, incluso
hoy, casi 130 años después, nos asombra y admira. (Este documento
se publicó, por primera vez, en 1887, tras 32 años de su pronunciamiento)
El gran Jefe de Washington nos envió un mensaje diciendo que deseaba
comprar nuestra Tierra. El Gran Jefe también nos envió palabras
de amistad y de buena voluntad. Es una señal amistosa por su parte,
pues sabemos que no necesita nuestra amistad.
Pero vamos a considerar su oferta, porque sabemos que si no se
la vendemos, quizá el hombre blanco venga con sus armas y se apodere
de nuestra Tierra. Quién puede comprar o vender el Cielo o el
calor de la Tierra?
No podemos imaginar esto si nosotros no somos dueños del frescor
del aire, ni del brillo del agua. Cómo él podría comprárnosla?
Trataremos de tomar una decisión.
Según lo que el Gran Jefe Seattle diga, el Gran Jefe en Washington
puede dejarlo, del mismo modo que nuestro hermano blanco en el
transcurso de las estaciones puede dejarlo.
Mis palabras son como las estrellas, nunca se extinguen. Cada
parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante
aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro
bosque, cada claro del bosque, cada insecto que zumba es sagrado,
para el pensar y el sentir de mi pueblo. La savia que sube por
los árboles, trae el recuerdo del Piel Roja.
Los muertos de los blancos olvidan la Tierra en que nacieron,
cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Nuestros muertos
nunca olvidan esta maravillosa Tierra, pues es la madre del Piel
Roja. Nosotros somos una parte de la Tierra, y ella es una parte
de nosotros. Las olorosas flores son nuestras hermanas, el ciervo,
el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Las rocosas
alturas, las suaves praderas, el cuerpo ardoroso del potro y del
hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por eso cuando el Gran Jefe de Washington, nos envió el recado
de que quería comprar nuestra Tierra, exigía demasiado de nosotros.
El Gran Jefe nos comunicaba que quería darnos un lugar, donde
pudiéramos vivir cómodamente. Él sería nuestro padre, y nosotros
seríamos sus hijos. Pero, será posible esto alguna vez?? Dios
ama a vuestro pueblo, y ha abandonado a sus hijos rojos.
Él ha enviado máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo,
y construye para él grandes pueblos. Él hace que vuestra gente
cada vez sea más poderosa, día tras día. Pronto invadiréis la
Tierra, como ríos que se desbordan desde las gargantas montañosas,
por una inesperada lluvia.
Mi pueblo es como una corriente desbordada, pero sin retorno.
No, nosotros somos de razas diferentes. Nuestros hijos no juegan
juntos, y nuestros ancianos no cuentan las mismas historias. Dios
os es favorable, y nosotros estamos como huérfanos.
Meditaremos sobre vuestra oferta de comprarnos la Tierra. No será
fácil, porque esta Tierra es sagrada para nosotros. Nos sentimos
alegres en este bosque. No sé por qué, pero nuestra forma de vivir
es diferente de la vuestra.
El agua cristalina, que brilla en arroyos y ríos, no es sólo agua,
sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos nuestra
Tierra, habéis de saber que es sagrada, y que vuestros hijos aprendan
que es sagrada, y que todos los pasajeros reflejos en las claras
aguas son los acontecimientos y tradiciones que refiere mi pueblo.
El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Los ríos son
nuestros hermanos, ellos apagan nuestra sed. Los ríos llevan nuestras
canoas y alimentan a nuestros hijos.
Si vendiésemos nuestra tierra tenéis que acordaros, y enseñar
a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos -y los vuestros-,
y que tendréis desde ahora que dar vuestros bienes a los ríos,
así como a otros de vuestros hermanos.
El Piel Roja siembre se ha apartado del exigente hombre blanco,
igual que la niebla matinal en los montes cede ante el sol naciente.
Pero las cenizas de nuestros antepasados, sus tumbas, son tierra
santa, y por eso estas colinas, estos árboles, esta parte de la
Tierra, nos es sagrada.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de pensar.
Para él una parte de la Tierra es igual a otra, pues él es un
extraño que llega de noche y se apodera en la Tierra de lo que
necesita.
La Tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado,
cabalga de nuevo. Abandona la tumba de sus antepasados y no le
importa. Él roba la Tierra de sus hijos, y no le importa nada.
Él olvida las tumbas de sus padres, y los derechos de nacimiento
de sus hijos. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el
Cielo, como cosas que se pueden comprar y arrebatar, y que se
pueden vender, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se
tragará la tierra, y no dejará nada, sólo un desierto.
No sé, pero nuestra forma de ser, es diferente de la vuestra.
La vista de vuestras ciudades hace daño a los ojos del Piel Roja.
Quizá porque el Piel Roja es un salvaje y no lo comprende. No
hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún
lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido
de los insectos.
Pero quizá es porque yo sólo soy un salvaje, y no entiendo nada.
La charlatanería sólo daña a nuestros oídos. Qué es la vida si
no se puede oír el grito solitario del pájaro chotacabras, o el
croar de las ranas en el lago al anochecer? Yo soy un Piel Roja
y no entiendo esto.
El indio puede sentir el suave susurro del viento, que sopla sobre
la superficie del lago, y el soplo del viento limpio por la lluvia
matinal, o cargado de la fragancia de los pinos.
El aire es de gran valor para el Piel Roja, pues todas las cosas
participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre,
todos participan del mismo aliento. El hombre blanco parece no
considerar el aire que respira; a semejanza de un hombre que está
muerto desde hace varios días y está embotado contra el hedor.
Pero si os vendemos nuestra Tierra no olvidéis que tenemos el
aire en gran valor; que el aire comparte su espíritu con la vida
entera. El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibe
el último hálito. Y el viento también insuflará a nuestros hijos
la vida. Y si os vendiéramos nuestra Tierra, tendríais que cuidarla
como un tesoro, como un lugar donde también el hombre blanco sepa
que el viento sopla suavemente sobre las flores de la pradera.
Yo soy un salvaje, y es así como entiendo las cosas. He visto
mil bisontes putrefactos, abandonados por el hombre blanco. Los
mataron desde un convoy que pasaba.
Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el caballo de hierro
que echa humo, es más poderoso que el búfalo, al que sólo matamos
para conservar la vida.
Qué es el hombre sin animales? Si todos los animales desapareciesen
el hombre también moriría, por la gran soledad de su espíritu.
Lo que les suceda a los animales, luego, también les sucede a
los hombres. Todas las cosas están estrechamente unidas.
Lo que le acaece a la Tierra también les acaece a los hijos de
la Tierra. Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el suelo que
está bajo sus pies tiene las cenizas de nuestros antepasados.
Para que respeten la Tierra, contadles que la Tierra contiene
las almas de nuestros antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo
que nosotros enseñamos a los nuestros: que la Tierra es nuestra
madre.
Lo que le acaece a la Tierra, les acaece también a los hijos de
la Tierra. Cuando los hombres escupen a la Tierra, se están escupiendo
a sí mismos. Pues nosotros sabemos que la Tierra no pertenece
a los hombres, que el hombre pertenece a la Tierra. Eso lo sabemos
muy bien, Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una
misma familia. Todo está unido.
El hombre no creó el tejido de la vida, sólo es una hilacha. Lo
que hagáis a este tejido, os lo hacéis a vosotros mismos. No,
el día y la noche no pueden vivir juntos.
Nuestros muertos siguen viviendo en los dulces ríos de la Tierra,
y regresan de nuevo con el suave paso de la Primavera, y su alma
va con el viento, que sopla rizando la superficie del lago.
Consideramos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre
nuestra Tierra.
Pero mi pueblo pregunta: qué es lo que quiere el hombre blanco?
Cómo se puede comprar el Cielo, o el calor de la Tierra, o la
velocidad del antílope? Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo
vais a poder comprarlas? Es que, acaso, podréis hacer con la Tierra
lo que queráis, sólo porque un Piel Roja firme un pedazo de papel
y se lo dé al hombre blanco?
Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el brillo del
agua, cómo vais a poder comprárnoslo? Es que, acaso, podéis comprar
los búfalos cuando ya habéis matado al último?
Consideraremos vuestra oferta. Sabemos que si no os la vendemos
vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra Tierra. Pero
nosotros somos unos salvajes.
El hombre blanco que va en pos de la posesión del poder, ya se
cree que es Dios, al que le pertenece la Tierra. Cómo puede un
hombre apoderarse de su madre?
Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestra Tierra. El día
y la noche no pueden vivir juntos. Consideraremos vuestra oferta
de que vayamos a una reserva. Queremos vivir aparte y en paz.
No importa dónde pasemos el resto de nuestro días.
Nuestros hijos verán a sus padres sumisos y vencidos. Nuestros
guerreros estarán avergonzados. Después de la derrota pasarán
sus días en la holganza, y envenenarán sus cuerpos con dulce comidas
y dulce bebidas.
No importa dónde pasemos el resto de nuestros días. No quedan
ya muchos. Sólo algunas horas, un par de inviernos, y no quedará
ningún hijo de la gran estirpe que en otros tiempos vivió en esta
Tierra, y que ahora en pequeños grupos viven dispersos por el
bosque, para gemir sobre las tumbas de su pueblo, que en otros
tiempo fue tan poderoso y lleno de esperanza como el vuestro.
Pero, por qué consternarse por la desaparición de un pueblo? Los
pueblos están constituidos por hombres. Es así. Los hombres aparecen
y desaparecen como las olas del mar. Ni siquiera el hombre blanco,
cuyo Dios camina a su lado, y habla con él, como el amigo con
el amigo, puede librarse del común destino. Quizá seamos hermanos.
Esperamos verlo.
Sólo sabemos una cosa -que quizá un día el hombre blanco también
descubra-, y es que nuestro Dios, es el mismo Dios suyo, Vosotros,
quizá, penséis que le poseéis -igual que tratáis de poseer nuestra
Tierra-, pero no podéis. Es el Dios de todos los hombres, lo mismo
de los Pieles Rojas que de los blancos. Aprecia mucho esta Tierra
y el que atente contra ella significa que desprecia a su Creador.
También los blancos desaparecerán, y quizá antes que otras estirpes.
Continuad contaminando vuestro lecho y una noche moriréis en vuestra
propia caída. Pero al desaparecer brillaréis por el fuego del
poderoso Dios, que os trajo a esta Tierra, y que os destinó a
dominar al Piel Roja en esta Tierra.
Este destino es para nosotros un enigma. Cuando todos los búfalos
hayan muerto, los caballos salvajes hayan sido domados, y el rincón
más secreto del bosque haya sido invadido por el ruido de muchos
hombres, y la visión de las colinas esté manchada por los alambres
parlantes, cuando desaparezca la espesura, y el águila se haya
ido, esto significará decir adiós al veloz potro y a la caza.
El final de la vida -y el comienzo de la otra vida. Dios os concedió
el dominio sobre estos animales, los bosques y los Pieles Rojas
por un determinado motivo. Y es motivo es un enigma para nosotros.
Quizá podríamos comprenderlo si supiésemos qué es lo que sueña
el hombre blanco, qué ideales ofrece a los hijos en las largas
noches invernales, y qué visiones arden en su imaginación, hacia
las que tienden el día de mañana.
Pero nosotros somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos
están ocultos, y porque nos están ocultos nosotros vamos a seguir
nuestro propio camino.
Pues, ante todo, nosotros estimamos el derecho que tiene cada
ser humano a vivir tal como desea, aunque sea de modo muy diverso
al de sus hermanos. No es mucho lo que nos une.
Consideraremos vuestra oferta. Si aceptamos es sólo por asegurarnos
la reserva que habéis prometido. Quizá allí podamos acabar los
pocos días que nos quedan viviendo a vuestra manera.
Cuando el último Piel Roja de esta Tierra desaparezca y su recuerdo
sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía
estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas orillas y
estos bosques.
Pues ellos amaban esta Tierra, como ama el recién nacido el latido
del corazón de su madre. Si os llegáramos a vender nuestra Tierra,
amadla, como nosotros la hemos amado. Cuidad de ella, como nosotros
la cuidamos, y conservad el recuerdo de esta Tierra tal como os
la entregamos.
Y con todas vuestras fuerzas, vuestro espíritu y vuestro corazón,
conservadla para vuestros hijos, y amadla, tal como Dios nos ama
a todos. Pues hay algo que sabemos,
que Dios es el mismo Dios.
Esta Tierra es sagrada para Él. Ni siquiera el hombre blanco se
puede librar del destino común.
Quizá somos hermanos. Esperamos verlo.
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